lunes, 20 de agosto de 2012

Tarragona m'esborrona* (pero ya no)

Pablo P. · Valencia



La mirada de un niño tiene una capacidad de asociación e inventiva envidiable, un talento absorbente que se impregna de todo lo que le rodea, y que forma mucha de la imaginería a la que años después recurrirá. Por desgracia, y como todo en esta vida -excepto el vino-, con el tiempo empeora, se diluye, y pasa a un segundo plano, cuando no a un tercero.
En Tarragona apenas viví 7 años. Pero fueron los más importantes.  Los recorridos que hacía con mi familia en los numerosos paseos no entrañaban grandes distancias ni ofrecían grandes alternativas;  (Tarragona era una ciudad pequeña entonces, como también lo es ahora, con su urbanismo diseminado entre Sant Salvador, Bonavista o Torreforta, aglomeraciones urbanas separadas físicamente del núcleo principal) Pero esos recorridos le parecían fascinantes a mi yo de entonces, llenos de historia. 


foto de Jorge


Era divertido adentrarse en su riquísima oferta de ruinas romanas, especialmente en los restos del foro, que quedaba a tiro de piedra de mi calle. O bajar hasta el espigón, coronado a medio camino por uno de los faros más hermosos que he tenido el gusto de ver con mis propios ojos. Otras opciones pasaban por perderse entre las callejuelas del casco viejo, sentarse sobre los cañones que impasibles se elevan sobre la antigua muralla, o el más básico, dejarse impregnar por el mar desde el llamado Balcó del Mediterrani. Porque si hubo un avance respecto al urbanismo de la antigua Tarraco, es que en los sucesivos ensanches se diseñó la ciudad por y para el mar, -al contrario que, por ejemplo, Valencia- 

Pero no todo era maravilloso. Y aunque no hay asomo de molestia en mi recuerdo –tampoco podía compararla con otras urbes, ni poseía los necesarios elementos de juicio- Tarragona era víctima de muchas bien llamadas “canalladas urbanísticas”. Sin ir más lejos, la carretera Valencia – Barcelona pasaba por mí misma calle, atravesando la ciudad a sangre y fuego, con la consiguiente contaminación acústica y atmosférica, algo impensable hoy en día en una urbe de más de 100.000 habitantes. Decir que el agua del grifo era “potable” sonaba más bien a broma macabra, pues los niveles de cal eran estratosféricos. Bajo el Balcó antes mencionado, no existía la hermosa playa que se observa hoy en día, sino más bien un vertedero improvisado, regalo de parte de la ciudadanía aún muy alejada de la “conciencia social”.  Y lo peor de todo. El monstruo aterrador. El gigantesco polígono industrial de la petroquímica que convertía el aire cada dos por tres en una amalgama insoportable que se clavaba en la pituitaria de los resignados ciudadanos. Si ya lo cantaban Els Pets... y con la bomba de 1987, todos los tarraconenses nos vimos asaltados por nuestros peores fantasmas, al ver en el horizonte el amenazante aspecto de una columna de fuego iluminando la noche de aquel caluroso junio.

el mal


18 años después, Tarragona ha cambiado… y no. Porque sus elementos de identidad siguen intactos, el corazón de la ciudad sigue bombeando en la misma dirección. Y ese es el gran paso que ha dado la ciudad. Ha sabido indagar ahí donde hacía falta, a pesar de las quejas sobre la calidad arquitectónica de las nuevas obras. Ok, no tenemos un Siza o un Gehry como en Bilbao (tampoco un Calatrava, ciertamente) pero la ciudad aguanta bien esa ausencia de poderosas representaciones de una arquitectura contemporánea en alza. Por otro lado, se ha dedicado a rehabilitar su casco viejo, adecentar sus escasos o –entonces- inexistentes parques y zonas verdes, y administrar sus tesoros históricos como tocaba. El Mercat Central sufre ahora una interesante y necesaria rehabilitación, y en anfiteatro romano es incluso protagonista de recreaciones históricas con gladiadores. Ese pan y circo no parece mala idea. Se eternizará probablemente el proyecto de más calado, el soterramiento de las vías del tren que actualmente circulan bajo el balcón. Pero llegará, vaya si llegará.







Mención especial a la reconstrucción del Teatre Tarragona, con un resultado que recuerda al Bofill más trasnochado. Pero no me quejaré. Al menos mientras no piensen en rascacielos y tonterías varias. Bastante tenemos que sufrir con el hotel Husa Imperial Tarraco, (y lo que nos queda)



Seguramente Tarragona sea una ciudad anclada en el pasado de una forma demasiado textual, y que, al margen de intervenciones como la de la nueva comisaría de policía, no ha practicado una apuesta consistente por la arquitectura de nuestros tiempos (algo que Reus sí ha hecho) pero se puede afirmar que su andadura es la correcta. Es ahora, una ciudad más viva, limpia, empapada de todos los colores que el Mediterráneo ha vertido sobre ella durante 3000 años, y que en tres décadas ha puesto fin a muchos de sus grandes conflictos internos. Ah, bueno, queda la petroquímica. ¿Una alternativa para el futuro aquí?



Quién sabe. Mientras, os dejo con uno de esos recuerdos de diseñador enamorado de los planos de una ciudad, que dejó hace ya demasiados años.



* m'esborrona = me inquieta, me agobia

2 comentarios:

  1. Me encantó esta entrada Pablo. Es increíble ver como una ciudad, siendo tan pequeños, puede quedarse grabada tan "a fuego". Creo que esas miradas de niño, aunque todo se diluye como dices, son capaces de generar algunos de los recuerdos, miedos y utopías que más nos influyen en la madurez. Recuerdo escaleras oscuras y alargadas en casas viejas de pueblo, que ahora voy y aparentemente no son nada, pero sigo mirándolas con cierta desconfianza. Calles que antes no tenían farolas y ahora sí, pero no suficientes para hacerme pasar tranquilamente por ellas... parques de atracciones que eran increíbles, ahora objetivamente son una mie*da, pero me empeño en buscar ese aire mágico que me dejaba alucinando un rato.

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