jueves, 27 de octubre de 2011

cosmografíasdepalabrassubrayadas



Leva Moreno · Sevilla
Mapas. Escuchamos hablar de ellos a todas horas.
Los interpretamos. Los elaboramos. Los grafiamos. Los recorremos. Y nos perdemos por ellos cuando tratamos de encontrarnos.
Intentamos (re)producir cosmografías, radiografiar interacciones de algún tipo, diseccionar pautas establecidas en estado latente.
A menudo –o a diario- acudimos a la biblioteca para informarnos. Nos dejamos envolver por cien o cien mil libros reveladores, que nos traducen conexiones y recorridos insospechados para que podamos dibujar nuestros mapas.
Este intercambio, que se produce a ritmo vertiginoso, va dejando una huella tras de sí para el viajero que quiera seguirla.
Cuando elijo un libro por azar o elección, suele ocurrir que, de repente, una página aparece pintada. Una palabra garabateada, un trazo de lápiz que enmarca una frase o un párrafo, tal vez una flecha que señala indiscretamente una revelación, o cualquier otro acto destinado a vilipendiar la blancura de una hoja.
En el momento en el que descubro esos indicios de que otras manos recorrieron mis inquietudes antes que yo, deja de importar cómo de sumergida estoy en la lectura, porque siempre me detengo involuntariamente a leer aquello a lo que alguien le ha dado un carácter nuevo. Es imposible no tratar de descifrar una palabra escrita en los márgenes. La curiosidad se impone y un mecanismo se activa al encontrar ese elemento que no debería de estar ahí.
Después, durante un breve instante, me formulo la pregunta de por qué alguien quiso enaltecer aquello.
La semana pasada me asaltó la idea de que multitud de palabras subrayadas y desperdigadas en todo tipo de volúmenes dormitaban en las páginas de los libros que me rodeaban, compartiendo algo entre todas ellas. Me imaginé un mapa de travesuras, desapercibido y a una escala verdaderamente obscena. Me pregunté si tal vez alguien había rodeado un punto con un círculo, para que se pudiera escribir toda una historia de incongruencias que acabara trágicamente en el momento más inesperado, o si se habrían subrayado comas para dar un respiro al osado narrador que las leyera.
No pude contenerme y empecé a deambular por las estanterías, para desenredar una ínfima parte de este mapa imposible.




* Las palabras tratan de respetar su ubicación física en el plano de la biblioteca.

Antes me daba pena encontrar un libro raído, de esos cuyas pastas desvencijadas amenazan con separarse para siempre del contenido que titulan. Ahora me dan más pena los libros intactos, porque no aseguran los achaques propios tras contener a mil lectores impacientes.
Así acabé buscando en los más degradados y encontrando todo tipo de rarezas.
Me inquietó profundamente quién habría subrayado la palabra ‘rojo’ en el ‘Reglamento de redes y acometidas de combustibles gaseosos’ del Ministerio de Industria y Energía. Rojo, sólo rojo. ¿Por qué rojo?
En ‘Espacios de poder’ de M. Foucault, apareció un ticket de recarga a un móvil Vodafone por importe de 10€. Me pregunté de quién sería, o qué cara pondría si le llamaba anónimamente y le susurraba un párrafo de aquel libro, al más puro estilo Amèlie. Después lo dejé allí donde lo había encontrado.
Cuando di por finalizada mi empresa, y a mí misma por satisfecha, comprendí la terrible verdad de que dos ejemplares de un mismo libro tendrían subrayadas palabras, frases y expresiones distintas. Me marché dividida entre la decepción de un experimento fracasado (aunque siempre lo supe destinado al fracaso) y el deseo de compartirlo como germen de una pequeña cadena de acciones igualmente infructuosas que, sin embargo, generan una sonrisa cómplice cada vez que se recuerdan.

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