martes, 29 de octubre de 2013

Siempre hay otra mirada.




Hace escasamente un año volvía a las portadas de las revistas el que fuese una vez el lugar con mayor densidad poblacional de la tierra. La ciudad amurallada de Kowloon, también llamada muy adecuadamente, “Ciudad de la oscuridad” acogía en un rectángulo de 100 x 200 metros nada menos que 30.000 familias y más de 50.000 individuos. Derribada en mutuo acuerdo entre el gobierno británico y el chino, esta anomalía urbanística única en el mundo fue profusamente fotografiada en su momento por diversos equipos y artistas. Sin embargo, hay un caso más interesante, y no tan conocido de documentación gráfica, que ofrece nuevas miras a esta especie de “mundo paralelo”, por su veracidad y cercanía.




Efectivamente, el fotógrafo canadiense Greg Girard, en colaboración con Ian Lamboth, dedicó cinco años de su vida a retratar el complejo y mezclarse con sus gentes.




Un cartero reparte el correo 



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El resumidas cuentas, y para aquellos neófitos del tema, Kowloon era el nombre que recibía ese barrio de crecimiento incontrolado a las afueras de Hong Kong, en el que no se contó con un solo arquitecto cualificado para construir las viviendas que lo componían. Apenas existían dos reglas: que la instalación eléctrica estuviese a la vista (dado el peligro que suponían los incendios en un lugar tan poblado) y que no se sobrepasase cierta altura, pues los aviones del aeropuerto adyacente sobrevolaban a pocos metros del suelo la zona. Fuera de ahí, libertad absoluta, como muestran las fotografías.  Este descontrolado crecimiento provocó que la luz natural se convirtiese en un bien escaso. Muchas callejuelas contaban apenas con 1 metro de anchura. Éstas, y otras condiciones de insalubridad y aislamiento hicieron de Kowloon una especie de ciudad sin ley, campo abierto para traficantes de droga, fumaderos de opio, casinos y actos delictivos, hechos que a la larga supusieron su derribo en 1992 para en su lugar ubicar un plácido parque de carácter tradicional.






 Lo irónico del asunto, y el hecho que verdaderamente añade valor al trabajo de Greg Girard, es que miles de familias se declaraban satisfechas y felices de vivir en aquellas condiciones. Muchas de sus instantáneas resultan básicamente retratos cotidianos que no serían tan distintos de los de, por ejemplo, Doisneau, si no fuera por el definitivamente opuesto contexto de fondo.

Había más pues en aquel barrio detrás de las ciclópeas fachadas. La mirada al conjunto despista muy a menudo de las partes que lo componen, aún cuando esa suma suele ser mucho más relevante para el que observa que sus individualidades.


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