martes, 14 de mayo de 2013

rotos antes que viejos

Pablo P. | Barcelona


Picasso by Richard Avedon



Como a la mayoría de reflexiones interesantes, ésta surgió a raíz de una acalorada resaca lectiva, durante una de las muchas horas muertas de biblioteca.  No es que se tratase de una conversa especialmente sesuda. Es más, todo lo contrario. Hablábamos de móviles el Miquel y yo. Smartphones que llaman, apelativo irónico de verdad. Por lo de Smart digo. Que entrar en el metro y ver a la gran mayoría con los auriculares mientras se abstraen a través del tecleo de la pantalla,  no se antoja la actividad más intelectual del mundo. Pero bueno, eso es otra historia.


Decía que hablábamos de móviles. Hoy en día, todo lo que rodea a estos pequeños objetos, y más concretamente a los iPhones, ha alcanzado cotas iconográficas. Y creo todos sabemos que los iconos, más les vale, no envejecen. No pasan los años por ellos. Sí, pueden actualizarse sutilmente, pueden rejuvenecer, hacer unos ajustes escasamente intrusivos. Como cuando Ford cambió el azul de su centenario logo, por otro dos tonos más oscuro. Un pasote. Y decía yo, claro, no envejecen. No verás un iPhone viejo. Porque envejecer es un verbo feo que hay que evitar a toda costa. Y, parece ser, es mucho más cool romperse.  O al menos, más moderno, valga la redundancia. Dejan de funcionar.  Y Miquel decía que, bueno, que tuvo un Nokia de esos de aspecto monolítico y 2 kg. de peso que duró hasta que ya no se distinguía la tecla de llamada de la del 2. Inmediatamente pensamos que se trataba de un ejemplo exportable a cualquier otro medio o actividad. Y aquí incluimos a la arquitectura, claro, esa actividad tan nuestra que muy a menudo se convierte en el mejor billete en primera clase hacia la inmortalidad. Sí o sí.

     Pero lo más preocupante es que nosotros mismos, los seres humanos, somos protagonistas de esa pérdida cultural. Porque eso de la cultura del envejecimiento, que suena tan raro a priori, se nos da un poco mal. No llevamos bien lo de las arrugas, la flaccidez, el inevitable efecto de la gravedad sobre nuestras carnes. Nace entonces la falsedad. Lo maquillado. El romperse antes de hacerse viejo. Diablos, la casa de mis abuelos tiene 120 años, y es la parte de la obra más antigua y original, la que mantiene el tipo, en contraposición con los añadidos posteriores, ya derrumbados, o víctimas de sucesivas reformas. Sí. Monocapa antes que mortero de cal. Supongo que el mundo va demasiado deprisa como para pararse un poco, descansar las posaderas, y hacerse viejo con algo de dignidad y saber estar. Falta una cultura de la vejez alarmante, y muchos vemos en nuestras obras la imperdible oportunidad de saborear un rato la inmortalidad. Una total utopía. Dedicarse durante un tiempo a la arquitectura efímera puede ayudar a extraer conclusiones. Y quisiera ver que se siguen asimilando los ciclos de la vida, pero cada vez que paseo y veo la cara de una mujer estirada como una goma elástica, supongo que acabo pensando que la vacuidad se ha instalado para quedarse. Que toda esa moda que apuesta por la fascinación por lo vintage no es más que la nostalgia mal entendida de lo que no queremos ser. Así acabamos pues, caricaturizados por la propia sociedad.

Rotos, antes que viejos.


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