lunes, 15 de octubre de 2012

La vivienda en la Unión Soviética I (de III)

Pablo P. · Barcelona



"En Rusia no tenemos derechos reales desde que liquidamos al Zar
Uno, dos, tres - Billy Wilder (1961)




   Fue Wilder de los pocos directores (Kubrick también) en aplicar la fórmula de la comedia desternillante a la, entonces en su apogeo, guerra fría, y más concretamente, a las vicisitudes de ese romántico Berlín dividido post guerra mundial. Seguramente no fue aquella la descripción más fiel del conflicto, un conflicto que durante 45 años dividió el mundo desde todos los puntos de vista posibles: cultural, social, económico, militar… No, aquella aventura de un alto cargo de la Coca-Cola loco por hacer negocio al otro lado del telón de acero, no pretendía otra cosa más que hacer reír (y a buen seguro lo conseguía) pero Wilder, un director de cine polaco y judío que había huído de europa y las cámaras de gas para asentarse en Hollywood, era demasiado hábil como para no ejercer su ácida crítica sobre la realidad del mundo comunista. Y no contento con ello, se ríe igualmente del capitalismo, aunque de forma más sutil. Ok, está claro de qué lado le gustaba estar, no es ningún misterio.


    Sí, fueron 45 años que, por la situación de nuestro país en la órbita de influencia cultural y moral de lo que llamamos occidente, nos dejaron una visión muy sesgada de lo que fue (y muchas veces, intentó ser) la vida en el bloque comunista. Mi generación recordará seguramente las imágenes de su derrumbe, a Yeltsin sobre el tanque, los sudores fríos sobre la calva manchada de Mijaíl Gorbachov. Palabras como Perestroika, o Glásnost. Scorpions cantando aquello de “Wind of Change” en el recién venido abajo muro de Berlín. Sí, fueron momentos históricos. El recientemente fallecido historiador Eric Hobsbawn trata el desmembramiento de la Unión Soviética como auténtico punto final del pasado S. XX, de la misma forma que su auténtico inicio fue el triunfo de la revolución de Octubre.

    Pero dejemos las ramas y vayamos entrando en materia. Esto es, saber cuáles fueron los hallazgos urbanísticos y sociales de la Unión Soviética, máximo representante de la aplicación de un socialismo horizontal, del latente racionalismo de la primera mitad del siglo veinte.  En 1963 por ejemplo,  Beaujeu-Garnier y Chabot calificaron a la URSS como «una especie de laboratorio del urbanismo moderno». Lo fue, sobre todo, porque no podría haberlo sido en ningún otro lugar del mundo.

   Situémonos. En 1945 la II Guerra Mundial ha acabado y Europa queda repartida entre los vencedores como un pastel pisoteado. Mientras que la influencia occidental nos hizo ver a la Résistance Francesa y el desembarco de Normandía como la materialización más divina de los esfuerzos libertarios del mundo civilizado, episodios como los del paso del Dnieper, el sitio de Leningrado o Kursk son más bien anotaciones a pie de página. La realidad es que fue Europa del este la que sufrió el grueso de aquella barbarie. Y fueron sus ciudades, intensamente bombardeadas (el 70% de Varsovia había dejado de existir) las abocadas a reconstrucciones que, en algunos casos, al derrumbarse la URRSS en 1991, aún no habían completado su proceso de rehabilitación. Tal es la situación de Praga, ejemplo de lo que algunos llamaron “inmovilismo comunista” pero todo un modelo de conservación y exquisito trato de patrimonio que ejercieron muchos gobiernos del este sobre sus ciudades.

Praga


   Ciudades muchas de ellas destruidas, cierto. Y con un pueblo ansioso de dejar atrás el hambre y empezar a disfrutar de las bondades del mundo socialista. ¿Existieron pues estas bondades? Antes de responder, más vale abordar un ejercicio de coherencia que no suele establecerse cuando se compara la calidad de vida del mundo oriental y el del occidental. Es un craso error. La calidad de vida en la URRSS no es comparable con la calidad de vida en los Estados Unidos. Y si se establece el paralelismo, será una comparación absurda del todo. ¿Por qué? En 1917, mientras USA ya se erigía como máximo representante del triunfo de su modelo económico, y saboreaba las mieles de la democracia desde hacía muchas décadas, el imperio ruso, a la caída de los zares, venía a ser un país prácticamente medieval, con un feudalismo aún en práctica, y una enorme mayoría de la población analfabeta. Los avances en materia de educación, nivel de vida, influencia cultural y tecnológica, que la Unión Soviética lograría en los siguientes 50 años, hacen del modelo comunista un triunfo absoluto en su contexto, claro, y que se vendría abajo, entre otras tantas razones, por el insostenible pulso armamentístico que libró con su rival occidental. A día de hoy, Rusia cuenta con un 10% de la población viviendo 100 veces mejor… y un 90% 10 veces peor. La crisis mundial, las mafias y la inseguridad ciudadana han devuelto al imaginario colectivo ruso lo que algunos llaman “nostalgia comunista” (interesante guiño el de Wolfgang Becker a este sentimiento en su película Good bye Lenin! del 2003)


   De manera que sí, disfrutaron de las bondades de la vida socialista. No eran muchas, especialmente en los últimos años de Stalin. Pero hubo hallazgos, y un intento, qué raro suena en nuestros días, de igualitarismo. Según  Stretton (1978) muy  crítico en sus juicios del mundo socialista, no duda en observar que “la riqueza, el ingreso y la vivienda del bloque oriental no tienen ninguna de las desigualdades extremas que ocurren en los países capitalistas”.

   La ciudad del bloque del este se caracterizaba por «sus amplias arterias, sus grandes espacios verdes, la majestad y la multiplicidad de los edificios colectivos situados en los puntos centrales, la ausencia de segregación social y de diferencia en la arquitectura de los diversos barrios». Blanc, George y Smotkine comentaban en 1967 «la supresión de toda causa de disarmonía en el paisaje urbano», a propósito de Polonia, y estimaron que las nuevas ciudades «representan una de aportaciones más positivas del urbanismo socialista.
   Como ejemplo se puede señalar Vilna, en Lituania, paraíso de lo que se ha venido a llamar el Commieblock, voz inglesa que resulta de sumar las palabras Commie (comunista) y Block (bloque) y que resultó la tipología de vivienda colectiva característica del movimiento. Eran construcciones baratas, bloques en altura de materiales prefabricados y de tosco semblante. Los primeros ejercicios en esta dirección carecían incluso de aislamiento térmico, pero sentaron las bases que darían pie a la colectivización de la vivienda, y su status de derecho constitucional real.


Vilna (Lituania)


   Como comenta Sergio Tomé, "la monotonía, la falta de calidad y de soluciones estéticas satisfactorias harían rebrotar la reflexión sobre la necesidad de conciliar la igualdad social con la diferenciación formal y el diseño arquitectónico." No en vano, aún recuerdo las impresiones de mi hermano a su vuelta de Kiev allá por 1998: 

“Horrible. Todas las calles son iguales”

¿Lo eran? En realidad sí. Pero el tiempo, como veremos, dio la razón al modelo del commieblock, cuyo triunfo no tuvo precedentes.


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